Carmen Romero vuelve a la política y denuncia que la derecha está sacando partido de las críticas de dirigentes históricos socialistas para debilitar a Pedro Sánchez, hace una lectura profunda de la actual situación socialista que el PSOE vive desde hace años con la consecuencia de una tensión interna entre dos modelos políticos y culturales completamente distintos. Por un lado, tenemos el legado del felipismo
clásico, una (liberal) socialdemocracia moderada, institucional y pragmática, construida durante la Transición y basada en grandes consensos de Estado. Esa corriente, representada todavía por Felipe González (Alfonso Guerra, Page y Leguina). Por otro lado, el sanchismo
ha asumido que el escenario social y político actual en nada se parece al de los años ochenta. El auge de la ultraderecha, el feminismo, la desigualdad creciente y la fragmentación política han ido empujando al PSOE hacia posiciones más definidas en cuestiones sociales y culturales. Y es precisamente en ese terreno donde Carmen Romero ha decidido situarse, distanciándose de quien fuera su marido en el pasado.
Un rápido análisis pone al descubierto que el paso adelante de Carmen Romero es especialmente significativo porque procede del corazón mismo del socialismo histórico. Es por ello que nadie puede presentarla como una dirigente improvisada o ajena a la tradición del partido. El hecho de que su trayectoria siempre haya estado ligada a la educación (fue una dirigente de la FETE), al europeísmo (fue eurodiputada por el PSOE) y a la igualdad (siempre estuvo ligada al feminismo socialista), explica su respaldo a Pedro Sánchez que tiene un valor simbólico al dejar constancia de que una parte del socialismo histórico considera hoy más peligrosa la ofensiva conservadora que las incomodidades internas del propio partido.
No es para nada casual que Romero haya puesto el acento en la defensa de las políticas de igualdad y en la amenaza de la ultraderecha. Su reciente reivindicación de Pablo Iglesias Posse y de su temprana defensa de la mujer trabajadora conecta directamente con ese PSOE que no debe limitarse a gestionar instituciones, sino mantener una vocación transformadora.
Se da la circunstancia de que mientras Felipe González parece hablar desde la autoridad de quien construyó una etapa decisiva de la democracia española, Carmen Romero interviene desde la postura de quien considera que el socialismo no puede responder al nuevo clima político desde la nostalgia ni desde la equidistancia.
Y es así como ambas posturas dan lugar a una paradoja poderosa en la que dos figuras que compartieron una vida y una misma historia política, terminan simbolizando hoy las dos almas del PSOE: la que mira hacia la moderación y los consensos del pasado, y la que entiende que el partido debe adaptarse a los nuevos conflictos ideológicos y sociales del presente y buscar las alianzas al margen de la derecha y ultraderecha para poder gobernar y aplicar las políticas progresistas. (Revista NuevaTribuna.es).
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